viernes, 28 de septiembre de 2012

Etapas en el desarrollo del ser humano. Relativización y crisis económica.


Todos los seres humanos pasamos por una serie de etapas a lo largo de la vida  que se han establecido por la mayoría de psicólogos y estudiosos en el tema en: Prenatal,  infancia, niñez, adolescencia, juventud, madurez y senectud.

La primera, la prenatal, es el periodo de tiempo que va desde la concepción hasta el alumbramiento.

La  Infancia es la etapa que abarca desde el nacimiento hasta los seis o siete años.

La niñez es el periodo  que se extiende  desde que cumplimos los seis o siete años  hasta  aproximadamente los doce.

La adolescencia, es el espacio temporal que  se extiende en el ser humano desde los 12 años hasta los 18.

La Juventud,  es una de las etapas del desarrollo del ser humano que se inicia aproximadamente a los 18 años  y finaliza a los 24 o 25.

La madurez o  etapa de adulto  llena el amplio espacio que se inicia a los 24 o 25 años  y finaliza a los 60 y…

La ancianidad o senectud es la última etapa que se extiende desde  los 60 años hasta el final de nuestra existencia.



Por supuesto que en cada una de estas etapas podemos distinguir periodos o sub-etapas, pero no es la intención de este artículo adentrarnos y profundizar en ellas.
Todo esto  lo podéis consultar con mayor profundidad si os apetece en:

Pero, hay una sub-etapa  dentro de la madurez o edad adulta, que si es la que ha motivado o ha sido el motor de este artículo,  no viene recogida en tratado alguno que conozca, y aparece  en la mayoría de los individuos cuando éstos se aproximan a los 40 años. Durante esta etapa el ser humano aprende a conjugar en todos sus tiempos  y ante cualquier tipo de situación, por muy comprometida que esta sea, el verbo relativizar.  Debido a ello, la llamo: “la etapa de la relativización”

La etapa de la relativización no es más que un estado de bienestar emocional. Relativizar,  según la real academia de la lengua, es considerar cualquier  asunto o problema bajo una óptica que atenúa su importancia.

Durante esta etapa solemos quitar importancia a todo lo que sucede  a nuestro alrededor,  minimizamos los problemas, vemos lo positivo de cualquier situación, consideramos  lo material como algo que podemos usar y de lo que podemos prescindir. Disfrutamos  con la compañía de las personas,  del paisaje, del lugar en el que nos encontramos, de las  cosas, del momento… pero sin sentirnos dependientes pues  lo importante somos nosotros y las personas que nos rodean y todo lo demás es accesorio.

Valoramos el lugar donde nos encontramos, el momento que vivimos y la intensidad con que lo vivimos  llegando a ver  nuestra edad como una de las causas fundamentales de nuestro “saber hacer”, “saber estar”.

Durante esos años, llegamos a decir tanto los de un sexo como los del otro, que nos encontramos en cada instante vivido, “en el lugar idóneo, en la mejor edad y en el mejor momento”.

Lástima que esta etapa de nuestra existencia  en la que anteponemos el valor de ser sobre el valor de poseer y a la que llegamos cuando gozamos de estabilidad tanto emocional como laboral,  se vea truncada por la aparición del fantasma de la crisis. Alcanzamos esta etapa  una vez conseguidos gran parte de nuestros objetivos y satisfecho muchas de las expectativas vocacionales y/o profesionales a las que podemos  sumar la riqueza de nuestra vida emocional y laboral que nos lleva hacia nuevos  proyectos y metas a alcanzar.

Hoy día mirando a mi alrededor  observo  no sólo a nuestra Nación-Estado, sino a otras del continente Europeo, en la que a pasos agigantados va deteriorándose el estado del bienestar, perdiéndose la estabilidad laboral,  debilitándose  y alterándose en nuestra sociedad ante  las presiones económicas nuestra escala de valores que llevan a justificar a nuestros dirigentes sus iniciativas políticas encaminadas a primar  y mimar a las instituciones en detrimento del ser humano.

Las Instituciones fueron creadas para ayudar, beneficiar y procurar el bienestar del hombre  y no para que pervivan a costa de éste. Todo ello conduce a que  inexorablemente la  sombra de la miseria  vaya cayendo implacable como una gran espada de Damocles sobre las personas y por ende sobre una infinidad de hogares.

Con desasosiego, veo, que todas las etapas del desarrollo del ser humano sin ningún género de dudas se van a ver afectadas negativamente por estas circunstancias y que en concreto esta etapa, la que es objeto de este artículo, al pertenecer al campo de las emociones en la que el ser humano de cualquier sexo, a esa edad madura, llegaba a  relativizar,  pueda desaparecer. 

La incertidumbre e inestabilidad  laboral no ofrece seguridad, sino un futuro incierto en el que no se puede fundamentar esa estabilidad emocional  donde se forjan y terminan por construirse los cimientos de la relativización. 

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